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La letra rebelde

García Vargas y Vargas Llosa en puro abrazo

Mario Vargas Llosa y Antonio García Vargas tal vez no hubieran cruzado sus destinos a no ser por el casual encuentro de aquel día de 2003 en la Casa de América de Madrid. Él era el convidado de honor mientras yo me perdía entre los invitados a la celebración de los 40 años de “La ciudad y los perros”.

Cuando el evento empezaba a declinar decidí levantarme y salir a estirar las piernas. Salí al hall y contemplé desde una de las ventanas del piso superior el perenne bullicio de Madrid. Al cabo, noté cómo alguien se acercaba a mí y se detuvo a mirar también. Una voz profunda y dulce dijo: “Así que, tenemos aquí a otro Vargas y, por si fuera poco, además García, como el gran maestro Gabo”.

Sorprendido alcé la mirada y entonces le vi, sonriente. “Sí —dijo—, García y Vargas” —hizo una pausa y añadió —: “¿has pensado quizás que posees dos apellidos muy literarios?”

Quedé aturdido preguntándome cómo podía saber mi nombre hasta que caí en la cuenta de que estaba bien a la vista en la tarjetita de control que llevaba en la solapa. Hablamos de temas banales durante un corto espacio de tiempo y en un determinado momento me miró fijamente a los ojos, puso su mano izquierda en mi hombro sonriendo ante mi azoramiento y extendió la mano derecha, apretó la mía en un abrazo manual cálido y fuerte a un tiempo y estableció una especie de firma emocional en mi sangre que aún perdura. “Seguiré tus pasos, caballero poeta García Vargas” —dijo al despedirse.

Nos hemos vuelto a ver cuatro veces desde entonces en diversos actos literarios aunque nunca hemos estado tan próximos ni física ni emocionalmente. No obstante, cuando me ve, aunque sea muy de lejos, siempre me lanza un sonriente saludo. Y en una ocasión en que estuvimos cerca me preguntó socarronamente: “¿Qué, va todo bien? Me ha dicho un pajarito que estás haciendo honor a tus apellidos”. Y se perdió entre la multitud sonriente.

No sé, a veces tengo la sensación de que don Mario se ha convertido en una especie de ángel protector y aunque no entiendo del todo esta sensación no puedo negar que me satisface. Y sobre todo, me satisface el saber que sabe que existo. Y no sólo eso sino que me demuestra que conoce mi trayectoria literaria lo cual es para mí una especie de premio al esfuerzo que me hace sentir la necesidad de no defraudarle.

Hoy, cuando supe que le había sido concedido el Nobel lloré de emoción.

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